Los habitantes de un pequeño pueblo de California comienzan a desconfiar de sus amigos y familiares afirmando que no son quienes parecen ser. Aparentemente tienen el mismo aspecto y se comportan de la misma forma pero psicológicamente van perdiendo poco a poco su personalidad.

En 1955 Jack Finney publica “Los ladrones de cuerpos“. Aunque el autor siempre mantuvo que el fin último del libro era simplemente entretener (de hecho la historia apareció por entregas en una revista de la época), el contexto político en que fue escrito (la “guerra fría” entre Estados Unidos y la URSS y, sobre todo, la campaña dirigida por el senador Joseph McCarthy contra la izquierda ideológica del país) siempre ha desviado el mensaje del libro hacia una lectura distinta de la puramente lúdica, apuntando, más bien, a la paranoia del americano medio respecto a la invasión comunista y la consiguiente desconfianaza que ese sentimiento generaba en la población.

 

 

El estigma del “mensaje” alcanza también a la versión cinematográfica dirigida en 1956 por Don Siegel. La película, ciertamente ambigua, ha sido interpretada, al igual que la obra literaria, como una alegoría del pánico de los ciudadanos norteamericanos a ser invadidos por los comunistas, una metáfora del macarthismo. Pero también ha sido interpretada al contrario: José María Latorre ve en ella una parodia sarcástica de aquel miedo, “una burla de esa histeria anticomunista“. Es justamente esa ambigüedad una de las señas de identidad de la película, la que nos permite encajar una interpretación y su contraria dentro de la misma historia y que ya advertía Finney al lector en la obra literaria original.

Al final, el lastre del mensaje actúa como un elemento distorsionador desenfocando las verdaderas cualidades cinematográficas de la obra que apunta Aldo Vigano en la revista Dirigido: “La invasión de los ladrones de cuerpos es un filme de ciencia ficción sin efectos especiales, narrado con la velocidad de un thriller y con la tensión figurativa de una película de horror”

En todo caso, se trata de una película modélica de la llamada Edad de Oro de la ciencia ficcción (1950-1968), de Serie B (bajo presupuesto y actores desconocidos), muy alejada de las grandes superproducciones que se rodaban entonces como “La vuelta al mundo en 80 días ” o “Los diez mandamientos” y a la que, en su momento, nadie hizo caso, lo mismo que a Kevin McCarthy (en la foto), en la famosa escena de la autopista al final de la película.